Melancholia (Lars von Trier, 2011)

Melancholia-poster

Existen películas bellas, oníricas, profundas. Películas cuyo ritmo pausado está justificado por la importancia de su mensaje, por la verdad que nos transmiten y por captar y proyectar sentimientos humanos, verdades universales, certezas vitales.

Por suerte para el cine y para los que nos gusta estremecernos a través de las historias en imágenes, hay directores arriesgados, con principios, con cosas que contar y con ganas de hacernos sentir vivos a través de su arte. Porque este invento para el que los Lumière no veían futuro es, desde mi punto de vista y el de muchos otros, la auténtica y más valiosa aportación del siglo XX (aquel en el que se desarrolló plenamente) a la historia del arte.

Además, hay actores y actrices llenos de generosidad y talento que se despojan de la red de protección y se nos muestran desnudos como un lienzo blanco para, a través de interpretaciones portentosas, reconvertirse en personajes y vivir las vidas de otros y sufrirlas como propias.

Kristen Dunst

“Llevar papel higiénico enganchado al salir del baño, versión von Trier”.

Y luego están los TOSTONAZOS MONUMENTALES como este traje del emperador de celuloide que von Trier nos ha colado como un poema visual poderoso y telúrico (joder, como esto se ponga de moda me voy a tener que dar a la heroína mientras rezo por el advenimiento de los nuevos Mankievicz, Wyler, Lean…). La única sensación que me ha quedado al terminar este bochornoso timo (una vez superado el sueño insuperable que me ha hecho perder la consciencia varias veces durante el visionado) es la de un profundo ascazo y una nostalgia por aquellos momentos pasados en los que el danés del tocomocho me hipnotizó (“Europa”, 1991), me sobrecogió (“Rompiendo las olas”, 1996), despertó en mí la esperanza de que un nuevo musical era posible (aunque fuera éste un contrato en el que vendíamos nuestra alma) (“Bailando en la oscuridad”, 2000), y, por último, me llevó al límite de la confianza en el ser humano (“Dogville”, 2003).

Es cierto que, entre unas cosas y otras, también nos salió con gilipolleces como el Dogma (por cierto, que de la dogmática “Celebración” de Vinterberg, y de todo lo que ha recordado de Bergman- ha sacado la primera mitad de esta película, así que además de estafa, sumémosle el semi-plagio) , que no se las creía ni él, y con alguna que otra mamarrachada que ya olía a vacile (Los idiotas, 1998). Pero en el fondo siempre había creído en su talento. Ahora estoy convencida de que lo tiene: como ilusionista moderno, es decir, gurú del Marketing.

Melancholia

Hostia, los Otros!

Ya he llegado a mi límite de tolerancia con el absurdo de ensalzar aquello que no se entiende y de mitificar envoltorios preciosistas pero faltos de contenido, de ideas, de pasión y, lo que es peor de todo, de alma.

Por lo que se refiere a las interpretaciones, debí de estar viendo otra película a juzgar por los comentarios elogiosos y premios tanto a Kristen Dunst (ya con la “Maria Antonieta” de la niña Coppola me sumiste en el sopor y me hiciste más corto un vuelo transoceánico con tu narcótica presencia: gracias), de la que sólo se salvan hoyuelos y mamellas, como a Charlotte Gainsbourg (señora que está todo el rato con ese aura de “soy el drama en persona” y a la que no soporto), de la que no sólo no me ha afectado su desesperación sino que le habría estampado el planetita en toda la cara yo misma con mis propias manos. Sólo habría podido ser peor todo de haber aceptado Penélope Cruz el papel de Justine. Eso sí que es un Apocalipsis (fin de la historia!) como Dios manda…

En pocas palabras, larga vida a Ford!

Lo mejor: el título, el prólogo y el último plano. Ah, sí, y el agradecimiento final a P. Cruz.

Lo peor: Las dos horas restantes, por aburrida y plasta (incluyendo la epiléptica cámara, la solemne utilización de la música de Wagner y las ganas de invadir Polonia). Desde ahora, las siestas gloriosas de pijama y orinal se llamarán Melancolías, en honor a von Trier.

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