Django Unchained (Quentin Tarantino, 2012): Idolatría irreverente

Me las prometía muy felices pensando que ya no tendría que romperme los sesos para redactar una crítica de “Django Desencadenado”.  Tarantino es una de mis debilidades pero me resulta muy difícil explicar qué me gusta (y qué no) de sus películas de una manera racional. El destino ha querido que tenga que hacerlo y en las condiciones más restrictivas posibles: un ejercicio del curso de crítica en el que debía evitar los adjetivos orgásmicos pero en realidad vacíos de significado (vamos, lo que viene siendo mi sello autoral), aportar argumentos cinematográficos teniendo en cuenta la dimensión plástica y sonora de la película y no sólo la narrativa y elaborar el texto a partir de una premisa que se fuera desarrollando. Eso sí, todo ello sin olvidar el sentido del humor, cuidando la escritura y, lo que es peor, reducido al espacio de 3.500 caracteres con espacios. En espera del veredicto de mis profesores, me someto al vuestro.

A menudo se olvida que el western es un género eminentemente testosterónico.  Con gozosas excepciones (la Vienna de “Johnny Guitar” o la Sara de “Dos mulas y una mujer” rompían ese paradigma), las mujeres en las películas del Oeste suelen ser meras comparsas decorativas en peligro a las que hay que rescatar. Quizá sea por esa dificultad de identificación que algunos aficionados al cine del sector Aparato Reproductor Interno podemos no tener  la misma visión idealizada de ese mundo de interminables llanuras, cabalgadas al amanecer y duelos al sol.

Lo que no es óbice para que podamos apreciar como merece a Wayne deteniendo una diligencia o recortando silueta, a Cooper demostrando que valientes son aquellos que tienen miedo pero lo afrontan o a Eastwood reivindicando el poncho como versátil complemento.

Si nos colocamos desde esa distancia al contemplar las pelis de vaqueros, lo que Tarantino ha hecho con el subgénero del spaghetti western (ya de por sí desmitificador de esa tipología de cine por antonomasia, que para más inri constituye el  libro de historia de cabecera de EEUU), no es más que lo que hizo en su momento con otros géneros: promulgar que no hay nada sagrado. O que todo puede serlo, lo que viene a ser lo mismo.

Homenaje a martillazos

En “Django Unchained” vuelve a cocinar esa alquimia posmoderna que mezcla en el mismo caldero los elementos más sagrados del género homenajeado con su propio e impío ADN para, en este caso, obtener el blackxpaghetti-western 2.0. Por un lado combina a partes iguales panorámicas clásicas de un Oeste first class en el que no desentonaría Jeremiah Johnson,  con el uso expresivo del denostado zoom tan característico de la versión almeriense del género o esos primerísimos planos de miradas que tuvieron su cenit en “Hasta que llegó su hora”,  el eurowestern delicatessen por excelencia.

De su cosecha pone Tarantino los cambios de ritmo que paralizan la acción al más puro estilo Godard para dejarnos paladear unos diálogos en los que se define la ideología de sus personajes; una sublimación de la violencia que,  aunque enorgullecería al propio Peckinpah, está llena de humor; las interpretaciones de sus actores fetiche (se critica lo paródico del personaje de L. Jackson cuando ese enfoque tío Tom no es más que otra de las múltiples referencias:  no me quito de la cabeza un mash-up con Mami corriendo a gorrazos a  Jamie Foxx vestido de valet por toda la tierra roja de Tara…); y, especialmente, la utilización de la música: se podrá discutir la elección de los temas, pero disfrutando  la secuencia de montaje que narra el invierno de Django y King, en la que las imágenes se engarzan siguiendo el  ritmo de “I Got A Name” de Croce,  yo ardo en deseos de que a Tarantino se le antoje desmitificar el musical.

La secuencia de marras

Es una pena que haya desaprovechado la oportunidad de dar un papel más relevante a las mujeres de la película, asunto preeminente en casi toda su carrera y que brilló especialmente en las esteticistas coreografías catfight de “Kill Bill”. No por feminismo, sino por placer: el enigmático personaje de la “ninja” de Candie Land podría haber dado más juego. Y sin embargo, Tarantino vuelve a conseguir la identificación del espectador, independientemente de su condición, con esa idolatría irreverente de su mirada  convertida  en su  sello de autor  y que es lo que eleva a la categoría de arte contemporáneo cualquier género en el que se embarque, aunque a nosotras tantas hormonas masculinas nos hagan tener que depilarnos dos veces al día.

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2 Responses to Django Unchained (Quentin Tarantino, 2012): Idolatría irreverente

  1. Perse says:

    Guauuuuu, que reseña tan gafapasta… jajajaja me gusta, está muy muy bien escrito y has respetado todas las normas, pero aqui brilla por su ausencia tu sentido del humor, lo echo de menos…
    La película a mi me encantó ^^
    P.D. ¿Cuando vienes, zorri? Nosotros nos dejaremos caer por mayo, ya te daré toque 🙂

  2. Pingback: Musical Friday: “Hit me” (Suede) | Monidala's Blog

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