“To Be or Not to Be”: El cubo de Lubitsch

Sería una muestra de arrogancia asombrarse por la incomprensión que sufrió esta película en su época. Incluso desde nuestra perspectiva, setenta años de análisis después, la obra convierte a los no iniciados en primates ante el monolito: ¿cómo descifrar algo cuando ni siquiera eres consciente de que esconde un secreto?

Y eso que de partida disponemos de la llave para resolver el puzle: ese “ser o no ser” que es contraseña, hechizo y estímulo condicionado. También es la pista que indica que estamos ante una disyuntiva, un  juego de apariencias, ambigüedad y dobles identidades en el que el disfraz y la capacidad de ser otro son vitales. Si en Lubitsch este asunto siempre había estado muy presente (como lo estaría también en Wilder), aquí la realidad y la ficción, la vida y el arte, se confunden y se mezclan en una estructura llena de simetrías, de repeticiones y de símbolos que se podrían resumir con la metáfora de la dualidad positivo/negativo que es el propio cine.

Lo peor que le puede pasar a una attention whore.

Pero como en el caso del cubo mágico, incluso sin resolver el misterio que encierra, esta pieza constituye un elemento valioso que sigue en nuestras vidas porque ha devenido en icono cultural del siglo pasado. No hace falta diseccionar su mecanismo para apreciar como sus ingeniosos diálogos, llenos de dobles sentidos, regatean a la censura con la misma elegancia que, su sutil estilo de rodar y editar, nos hace olvidar que hay una cámara detrás de todo lo que vemos. Sugiriendo más que mostrando, y confiando siempre en la inteligencia del espectador, Lubitsch hizo del fuera de campo y la elipsis los canales a través de los que compartir su sofisticada visión del mundo:

Una mentalidad libre de prejuicios que se aproximaba a las cuestiones básicas del ser humano, y especialmente al sexo, desde una perspectiva exenta de moralina. Las relaciones entre hombres y mujeres se convierten en un juego  en el que los contendientes participan de igual a igual, y la mujer no se conforma con el papel pasivo que la sociedad pretende adjudicarle. Como uno de los principales contribuidores a la creación y desarrollo de la screwball comedy, ese fenómeno cinematográfico que aportó su puñado de arena al movimiento de liberación de la mujer, sus  heroínas se convertían en dueñas de su sexualidad y en libres de cometer sus propios errores.

Siletsky: “Shall we drink to a blitzkrieg?”

Maria Tura: “I prefer a slow encirclement.” [Respect!]

Así, Claudette Colbert sometía a Gary Cooper a la más desértica abstinencia como castigo por “haberla comprado” (tratado como objeto al fin y al cabo), Merle Oberon no se resignaba a su plácida vida de esposa de Park Avenue con marido  que hace “keeks!”, o Miriam Hopkins experimentaba con la bigamia porque, desde un punto de vista objetivo, decidirse entre Cooper y March no es posible.  María Tura tampoco tiene por qué elegir: la infidelidad para ella ya no es una tragedia ferroviaria en la Rusia del XIX. Después de todo, ella se debe a su público. Aunque, eso sí, siempre respetando la regla del juego.

Para colmo Lubitsch, que era un legal alien, hablaba un idioma difícil de entender en esa América de código Hays, patriotismo exacerbado y guerra recién horneada: la ironía. Él, como Chaplin, quiso combatir al nazismo sin maniqueísmo pero haciendo mofa del sinsentido de su ideología y lo anti natural de su violencia. Por eso construyó una farsa que envolvía de comedia el que acabaría siendo el mayor drama del siglo XX. Los sobrinos del Tío Sam, por su parte, siempre han sido más partidarios de bombardear un país y reducirlo a escombros; lo que viene a ser el estilo III Reicht, pero con la hipócrita bandera de la libertad en ristre.

“Por mí, por todos mis compañeros y por mí primero.”

Este cubo de Lubitsch, por tanto, tiene múltiples facetas formadas a su vez por mosaicos de diferentes colores. Es una obra que combina con maestría complejidad y sencillez, clasicismo y modernidad, profundidad y ligereza… Lubitsch no murió aquel 30 de noviembre de 1947: cuando se hizo patente que el mundo todavía no estaba preparado, la nave nodriza volvió para devolverle a su planeta. Ojalá algún día merezcamos su regreso.

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