Todos ocultamos algún secreto íntimo que jamás, pero jamás, hemos compartido…

…con nadie. Ni siquiera AQUELLA noche de embriagadoras confidencias. Y no, no me refiero a quién hizo qué a quién dónde, ni a esos extraños sueños inesperados de los que te despiertas hecho un guadefaquer. Me refiero a que todos tenemos secretas concepciones sobre el mundo, o más bien, sobre la vida. Como eso que pensamos todos de que NOSOTROS no vamos a morir. Los demás sí, todo el mundo muere. Pero, ¿nosotros? No hombre, morirse queda para la gente corriente y si morimos nosotros se acaba el show… Y esas concepciones, o creencias, o ilusiones, nos ayudan a vivir.

La mía me ayuda a superar el pasado, o mejor, a convivir con él mejorando el presente. Porque olvidar (o recordar mal) también es de gente corriente. Sobre todo cuando yo sé que todas las cosas están sucediendo siempre y en todo momento, así que cada vez estamos compartiendo el espacio con TODOS los momentos que allí han sido.

De manera que cada vez que paso por la puerta de mi colegio (o lo que queda de ella), sé que le estoy ganando la pelea a Felipe Perea y que, aunque me sangre la nariz y todavía me duela el estómago, me siento feliz. Así que ese sentimiento de victoria me llena y durante un buen rato soy invencible. Por eso me gusta tanto pasar por la puerta de mi colegio. O lo que queda de ella. Como me gusta pasear cada verano por las calles de ese pueblo en el que veraneo y sentir como de pronto la boca me sabe a goffre y a besos…

Pero no creáis que me ocurre con todos los lugares ni con todos los momentos: aunque estén ahí, sólo puedo revivir tan vívidamente aquellos en los que he sido intensamente feliz o desesperadamente desdichado. Por eso evito esa calle aunque sea el camino más corto desde mi casa al trabajo. Incluso si voy con otra persona, me invento una excusa para no pasar por allí. Porque no quiero volver a sentir que la lluvia me cala y el corazón se me parte y alargar la mano para tocarla pero que ella ya no esté… porque aunque ese dolor sea el primero, la cicatriz se sigue resintiendo. Con el tiempo hubo otros momentos parecidos, pero esos ya no llenaron mi alma de negrura: sólo son vacíos y el dolor es sordo pero poco penetrante. Y eso pasa porque si se intenta romper algo que ya está roto, partirá por donde se pegó.

Todo esto también explica que me guste tanto seguir yendo a casa de Pablo. Su madre piensa que soy un buen chico y un buen amigo por seguir acudiendo cada martes después de tantos años, pero en realidad sólo voy por egoísmo. Él apenas se entera de que hay alguien más en la habitación, pero durante el rato de mi visita, sus “eles” y mis “yoes” jugamos al Scalextric, estudiamos matemáticas, nos peleamos y comemos Peta Zetas. Y yo vuelvo a sentir esa inenarrable sensación de amistad verdadera que, aunque empieza a desvanecerse cuando salgo de la habitación, hace que lo que queda de día ya no pueda sentirme triste sea lo que sea lo que me ocurra. Y supongo que una parte de mí espera que Pablo también sienta lo mismo cuando estoy allí.

Pero la mayor utilidad que le encuentro a este super poder regresivo es la de seguir enamorado de mi mujer como el primer día después de diez años. Para eso sólo tuve que asegurarme de vivir cerca de ese cine que ahora es una tienda de ropa de dudoso gusto y pasar por allí cada día antes de llegar a casa. Aunque lo haga a diario, no me acostumbro a ese vuelco que siento en el estómago cada vez que decido que ese es el momento y que la voy a besar por primera vez. Y su mirada y su forma de sonrojarse, porque ella ha averiguado mis intenciones y me hace sentir como si mi cabeza estuviera abierta y ella pudiera rebuscar entre mis pensamientos, cosa que no ha cambiado desde aquel día… Acercarme a sus labios y escuchar mi corazón latiendo a doble bombo y el mundo desaparecer a nuestro alrededor. No puedo evitar apretar el paso para llegar a casa y volver a oler su pelo y estrechar su cintura, aunque en su melena haya ya algunas canas, y esa cintura no sea ya la que era.

Entenderéis que algo así no se le puede contar a nadie. Si vosotros tuvierais este secreto  ¿lo compartiríais?

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4 Responses to Todos ocultamos algún secreto íntimo que jamás, pero jamás, hemos compartido…

  1. M1G says:

    Precious!!

  2. thank you, honey! muac!

  3. Sonix says:

    Qué texto tan bonito y bien escrito, me ha encantado. 🙂

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