Magical Girl: el cine pesadilla

MagicalGirl_poster

En definitiva el valor artístico de una obra no está sino en lo que deja en nosotros, lo que despierta, lo que conmueve (o lo que remueve). Esas puertas que se abren, aún en contra de nuestra infantil racionalidad que se niega incluso a aceptar su existencia, y después ya nada vuelve a ser igual. Así esta película de Vermut es un espejo que nos muestra el lado más oculto de nuestra propia perversa humanidad, una llave de la caja fuerte del subconsciente colectivo.

Como siempre que os hablo de una película que considero imprescindible, os recomiendo no pasar de aquí si aún no la habéis visto porque, aunque en este texto no haya spoilers, cualquier cosa podría condicionar el visionado y eso es algo que no me perdonaría. Especialmente en este caso.


A “Magical Girl” hay que enfrentarse desnudos de ideas preconcebidas sobre lo que debe de ser una película para no caer en dos trampas típicas. La primera es la de la verosimilitud. Ya sabéis cuánto odiaba Hitchcock a los verosímiles, esos (todos nosotros al fin y al cabo) que siempre encuentran una forma de hacer acabar una buena historia antes de que empiece. Incluso sabiendo que en la vida real, nuestros comportamientos no suelen ajustarse a los encorsetados patrones de lo creíble. Que tomamos decisiones guiados por esa parte de nuestro cerebro apenas modificada desde los tiempos reptilianos y que de muy poco han servido los millones de años de evolución de esta patética especie animal que se rodea de artificios para creerse superior a las demás que pueblan el planeta.FOTO-DE-PORTADA

En un universo paralelo conviven el manga y Manolo Caracol.

La otra es la de la resolución: necesitamos todas las piezas del puzzle para sentir que algo es redondo, completo. Y en este caso quedan muchos cabos sueltos, demasiados misterios abiertos a que cada uno les de su propia significación. Y es que existen en “Magical Girl” dos películas. Una la que se ve y la que se oye. La otra está oculta en las elipsis, los fuera de campo, en lo no dicho: la que se debe de leer entre líneas. Pocas pistas da Vermut y con ello nos permite rellenar los huecos con lo peor de nuestra imaginación. Con nuestros miedos, fobias, filias y terrores nocturnos. Con nuestros anhelos y debilidades. Con aquello que nos hace, en suma, humanos.

Dicho esto, hablemos de la formidable capacidad de Carlos Vermut para dotar de un halo de misterio todo lo que toca. Para crear una atmósfera inquietante desde una puesta en escena aparentemente sobria (hay pocos movimientos de cámara pero mucha planificación y montaje) para retratar unas imágenes, interpretaciones y diálogos en apariencia fríos que se contraponen a unos personajes cuyas vidas están bullendo. Su talento para conseguir crear imágenes icónicas, para mezclar el pop más exótico con lo cañí y hacer de esa estridencia una propuesta atractiva y refrescante, a la vez universal pero terriblemente nuestra.

barbara

La nueva Mujer Fatal nos recibe en su infierno personal. 

Parece inevitable mencionar a Haneke, a Lanthimos, a von Tryer, a Lynch o al mismísimo Saura al hablar de “Magical Girl”, pero Vermut no imita, sino que hace suyos ciertos códigos valiéndose tanto de su lado cerebral como del emocional, parafraseando a uno de los personajes de su película en una escena brillante. Una que además tiene su eco en otra posterior que es, en mi opinión, una de las secuencias más bellas y estremecedoras del cine español. Porque el cine es Bárbara abriéndonos la puerta del lagarto negro con la música de Satie de fondo.

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