Sunday Bloody Life

Los lugares donde cada masoquista de pro se refugia a atormentarse hasta que arrecia la tormenta son diversos y acordes a sus idiosincrasias. A mí no me importaría nada hacerlo en el alcohol, que es cosa romántica y literaria y yo también me sentiría como Hemingway pero con pantys, pero soy de vomitona fácil y la cosa no tiene tanta gracia cuando no hay nadie que te sujete el pelo. Las drogas están bien, pero yo las entiendo desde un punto de vista recreativo y mientras te diviertes es imposible sufrir como Dios manda. El sexo es incontestablemente una actividad que te cambia el mindset y es muy útil para olvidar, pero si de lo que estás huyendo es de alguien, corres el riesgo de encontrártelo en otros ojos o en otros labios, que menudo bajón, y debe de ser un corte monumental tener que salir corriendo en lugar de corriéndose. Yo paso.

Así que al final me quedo con lo que menos efectos colaterales puede provocar: la música y el cine. Los libros también sirven, pero el efecto no es tan inmediato para la cosa del lloro, porque si te tienes que leer otra vez las mil páginas de Tolstoi hasta llegar el momento ferroviario, ya me diréis que efectivo no es.

La música y el cine te permiten, de forma rápida y liberadora, fingir que lloras por otra cosa. Por algo que no te está pasando a ti sino a Karen Blixen o a Thom Yorke (seguro que ya lo sabéis, pero con Radiohead se llora a calzón quitao que es un gusto para los sentidos, entre esas frecuencias tan raras que te activan no sé qué áreas cerebrales y esas letras más raras aún que de tanto no entenderse, las entiende todo el mundo).

Si además mezclas la música con el cine, el asunto se vuelve ya droga dura para maricas como yo (si la mezclas con el teatro, ojo-cuidao que además de al musical, invocas a la Ópera y yo ya me meo del gusto en las bragas como decía Vivian Ward, porque lo que te provoca es un llanto que además te hace sentir más listo (también llamado “el sufrir intelectual”), que como podréis comprender, no lo hay de mejor clase).

Así que aquí van algunas de mis combinaciones escénico-musicales más efectivas para drenar toda la mierda llegado el caso, por si alguna vez lo necesitais.

“Easy to be hard”

Si todavía queda algún tontolaba despistao que no ha visto “Hair”, pues ya no sé cómo decirlo. La peli es la forma más sencilla de acercarse a este maravilloso musical en el que no sé si hay respuestas, pero en el que desde luego están todas las preguntas y propuestas que llevaron a una generación a abrazar el hippismo  como forma de vida. Los padres del perroflautismo moderno descubrieron la expansión  de la mente a través de las drogas y la liberación del sexo, la conciencia política como necesaria forma de combatir la represión de los poderes establecidos y una clara y rotunda protesta hacia la violencia impuesta les llevó a la objección de conciencia durante el injusto episodio bélico de Vietnam (además de cultivar un gusto musical excelente, no le quitemos importancia…).  Si te sientes joven y todavía sueñas con la revolución pasiva (la que no nos debería llevar a morir por nuestros ideales sino a vivir por y para ellos, que es mucho más difícil y de paso, maduro, las cosas conforme son), pasa a conocer a Berger y su cuadrilla y de paso, let the sunshine in.

En la obra hay un pesonaje secundario que, de tan insignificante, no tiene ni nombre. Y sin embargo, su historia aporta un gran significado y (no, no voy a decir que es lo que le da calidad a la película, parafraseando a ese genio del humor) trascendencia al comportamiento del resto de personajes, los hace evolucionar, tomar conciencia de algo que muchas veces olvidamos: la solidaridad se ha de demostrar primero a los que tienes cerca. No se puede salvar el mundo siendo cruel con aquellos que te quieren y con los que adquieres una deuda emocional. Es de niñatos egoistas. Pero que lo diga Cheryl Barnes, que lo dice mejor.

 

Y ya, que tengo cosas mejores que hacer que ilustraros, criaturas.

Monidala on the run

 

Cuando uno no está muy fino, acaba haciendo cosas que se podría decir, en el mejor de los casos, que no son una buena idea. A mí, por aquello de ponerse una meta y forzarse a hacer algo con este desecho radioactivo en que se está convirtiendo el cuerpo de cuarenta años que me transporta, me ha parecido una ocurrencia genial prepararme para una carrera que tendrá lugar en mayo. Son siete kilómetros y como lo va a hacer una amiga, pensé que por qué no apuntarse. No me pareció algo imposible y creo que hay tiempo suficiente para llegar al evento con cierto grado de forma si de verdad me lo propongo, lo que está por ver.

Así que hoy, en una de esas mañanas en que todo te sale del revés, todavía medio acatarrada y después de golpearme la cabeza con la puerta de uno de los armarios de la cocina, me he dicho: “Hasta aquí”. Y me he lanzado a vestirme para salir a correr. Que conste que yo no hago “running” ni chorradas semejantes. Yo corro, como se ha hecho toda la vida cuando uno pierde el autobús o le persigue un león. Lo normal. Eso quiere decir que no tengo ropa de diseño aerodinámico y que me he tenido que poner unas mallas normales y corrientes que ni son de lycra ni nada, una camiseta y una chaqueta de chándal que le robé a un traficante de crack este verano en Lisboa.

Para empeorar el conjunto, me he peinado con una coleta. A mí el pelo recogido me queda fatal, que no me doy un aire a Katniss Everdeen ni por asomo. De hecho yo solo me recojo el pelo en la cama, y el que esté ahí ya que se apañe con lo que hay…

Como soy cutre de natural y poco preparada para estos menesteres del correr, como veis, pues iba yo de esas guisas con el móvil en una mano y las llaves de mi casa en la otra. En el bolsillo un paquete de klínex porque todavía tengo mocos para exportar. Y alé, ¡a trotar como una cabritilla por los montes! Qué mal: a los pocos metros ya se me ha empezado a caer el auricular de la oreja derecha que hasta me he tenido que plantear quitarme los cascos. Pero claro, sin Madonna, Britney & Co., a ver quién es el guapo que corre. Yo no. Y tampoco podía estar sujetando el auricular, que parecía Stevie Wonder…

Otra cosa que también he notado a los pocos metros, por qué no decirlo, es un dolor insuperable que me subía desde los tobillos, cebándose en mis pantorrillas para ascender desde mis pobres muslos hasta las caderas. Un infierno en la tierra de esos que te hacen replantearte toda tu existencia. Ganas me han dado, pero muchas, de darme la media vuelta y tumbarme en mi sofá tan ricamente. Pero no. He seguido porque una no tiene vergüenza, pero todavía le queda dignidad.

Lo malo es que dos o tres minutos después ya tenía un montón de mocos, por lo que he ido a echar mano de los klínex que tan previsoramente había incluido entre mi equipamiento high-tech. Por desgracia ya no estaban allí. Se ve que con el trote cochinero se me han caído. He aguantado un rato más con la nariz taponada, pero en determinadas circunstancias, una chica necesita todo el oxígeno que pueda introducir en sus pulmones, y la solución era hacer eso que hacen los futbolistas de taparse un conducto nasal y expulsar aire por el otro, eliminado de paso los indeseados fluidos corporales que les estorban. A mí eso me ha parecido siempre de un mal gusto atroz, pero el instinto de supervivencia era más fuerte que las buenas maneras, y cuando nadie me miraba he llevado a cabo la maniobra. Se nota que no tenía experiencia porque la primera vez se me ha taponado uno de los oídos y tenía más mocos en los dedos que en ningún sitio. Pero a la tercera vez ya me ha salido como a Christiano Ronaldo. Que luego he pensado yo que tampoco sé si él hace eso, porque nunca se me ha ocurrido mirarle tanto rato como para saberlo…

Con estos pensamientos y tratando de concentrarme en el suelo para que no se me cayeran los auriculares ha pasado un rato y ya como que parece que mi cuerpo se ha ido habituando a lo antinatural del ejercicio y durante unos diez minutos o así (se pierde mucho la noción del tiempo cuando se agoniza) he estado medio bien: tratando de mantener una respiración normal, sin un dolor excesivo y hasta disfrutando algo de la sensación de libertad y el viento en mi cara… (bueno, igual es que las endorfinas estaban ya haciendo de las suyas y lo que tenía ya era una colocón de puta madre).

En otro momento de lucidez me he dado cuenta de que la cara me ardía. Eso me pasa a mí siempre que hago ejercicio enérgico, que la cara se me pone más roja que Kim Jong-Un y entonces me ha asaltado otro miedo: “mira que si ahora me da un aneurisma y caigo aquí redonda con estas pintas”. Me ha venido a la mente Marlene Dietrich en aquella película, tratando de pintarse los labios desesperadamente mientras la apuntaba el pelotón de fusilamiento,  y he rogado que al menos me diera tiempo de quitarme la coleta.

Sin embargo no he llegado a fallecer durante esta sesión. He conseguido llegar a casa sana y salva y, aunque ahora me duelen las corbas que no veas (y más que me van a doler mañana), me siento hasta orgullosa de mí misma porque, como seguramente dirán los runners en su jerga técnica, he aguantado corriendo mazo rato! Pues nada, a ver si consigo hacer esto mismo al menos cada dos días hasta mayo. Mientras, no esperéis que os vaya contando mis avances, ni el estado de mis pulsaciones, ni ver selfies míos, ni actualizaciones en FB de aplicaciones de esas que dicen cuántos kilómetros has corrido: yo ya soy la pesada del blog y no hay que abusar.

 

 

 

 

Musical Friday: “Come On!” (The Hives)

Ains… la Navidad… ese periodo del año en el que sonreímos por sonreír, gastamos por gastar, comemos por comer y bebemos (y lo que no es beber) para olvidar el asco que damos.

Y en los suburbios del horror vacui, calentando motores para lo que nos espera en unos días, la cena de empresa: ese acontecimiento que es como [REC], pero sin guión.

Que Dios nos coja confesados porque se atormenta una vecina.

Espejos & Espejismos: La noche que el 99 llegó hasta abril

descarga

El otro día me preguntaba mi mejor amiga, llamémosla Miranda, por qué algunas personas tienen tantas caras, y algunas tan dañinas. Estábamos hablando de hombres, cómo no… Pero no de todos, claro: sólo de los que nos gustan.

Y de todos los hombres poliédricos, llenos de pliegues en los que se ocultan infiernos que albergan paraísos, y Dios sabe que los hay a paletadas, Santi Balmes es el rey del reverso tenebroso.

Como no hay masoquista que no sea sádico, a casi todos (no sólo a las mujeres, eso sería una reducción simplista que no me pienso permitir) nos encanta que nos flagele alguien que a su vez se tortura con saña. Es el guilty pleasure elevado al éxtasis. Desde ese lugar terroríficamente gozoso nacen muchas de las canciones de Love of Lesbian, y más las que recopilan en su nuevo espectáculo autobiográfico, dulce y cruel.

Yo voy más de otro palo. A mí cuando la cosa pinta en bastos, lo que me pide el cuerpo es revestirme de frivolidad como si fuera amianto, echarme a la pista y hacer del mundo un lugar más bello a base de convulsiones frenéticas de toda índole. Eso y que nos nombren hombre objeto. Cada uno es cada uno. Porque lo de quedarse en casa pretendiendo apurar cielos a lo Segismundo, cada vez me da mas pereza. Vamos, que estoy ya muy mayor…

Por eso y porque parece ser que, musicalmente hablando y según mi otra mejor amiga, llamémosle Samantha (Samantha siempre será Samantha, querido, por mucho Smith Jerrod que se le cruce), soy muy tío. Sí, digamos que no me va mucho la moñada sentimental aunque sea en formato hipster. Va a ser que, como dice Francisca Valenzuela, tengo un buen rabo.

Así que si me das elegir entre tú y la gloria, me quedo con el Poder de la Tijera, de todas-todas. Lo que pasa es que después de aquella noche de verano sansebasteño, de tanto saltar y cantar y gritar y pedir hijos suyos, me quedaron ganas de más. Es lo que pasa con esta clase de hombres, que siempre quieres repetir, y ahí es donde viene el martirio. Porque una cosa es el misterio, y otra ir pidiendo a gritos un exorcismo, hombre… Pero en fin, como no aprendo, allá que me fui a hacer terapia, a expurgar demonios, a abrirme en canal, como dice aquella… Todo muy boreal.

Para cuando llegó “Cuestiones de familia” yo ya lloraba a cántaros. Es lo que tiene ir de dura, y de chulita, y de mujer fatal (fatal de lo suyo, será…), que luego te sale el lado del melodrama y el preguntarse para cuándo William Wyler te va a planificar una secuencia subiendo a lágrima viva por una escalera, con su grúa y con su todo. En fin, que para qué os voy a contar.

De todas formas el espíritu crítico no se me fue con los mocos y tengo que decir que el venue para el evento no era el más apropiado: para que el desolle hubiera sido fetén habría hecho falta un lugar más íntimo, como aquel que escogieron Standstill para su “Rooom”. En una plaza de toros no pega estar sentado, vamos, eso te lo diría el tendido 7 de las Ventas, que son lo que entienden. Y entre eso y unos seguratas que parecían la guardia pretoriana romana y teníamos que fumar a escondidas, yo es que me sentía como si estuviéramos en una excursión de las Escolapias. Sólo me faltaba el uniforme, ¡coño!

Fueraparte todo eso, ver a mi significant other (ya, ya sé que esto se usa para los novios, pero permitidme esa licencia porque los novios vienen y van, pero hay cosas que son para siempre) emocionado por escuchar por primera vez sus “Universos Infinitos” en directo, es algo que no tiene precio. O bailar un tango con él y con John Boy, que son cosas que una todavía no había hecho (y ¿no va de eso la vida al fin y al cabo?).

Y por supuesto, volvernos locas a costa del “Manifiesto Delirista”, temazo que mantiene mi esperanza porque Balmes y los suyos sigan dándome lo que me gusta: canciones que me sirvan para explosionar y seguir siendo la antena humana del descontrol.

Mientras tanto, no olvidéis que nadie es todo y nada a la vez, así que no dejéis de empujar el horizonte a vuestros pies. Que yo seguiré quemándome en incendios de nieve y calor…

Para tí: por que tú matarías monstruos por mí, pero por ti yo sería una mezcla de beata y ramera.

Si ya lo decía Marilyn…

 

To Daddies, because they were made just for their Little Girls to feel safe.

(Inevitable) Musical Friday: “In These Shoes?” (Kirsty MacColl)

Y cuando menos te lo esperas…

Llama a Carrie y a Samantha que tenemos plan para el domingo: Showroom de Esther Noriega!

Las  que este invierno quieran darle un giro insinuante pero con un punto de chica estrictamente difícil a su look (y ¿quién no lo quiere?), ¡están de enhorabuena!

La diseñadora vallisoletana Esther Noriega va a hacer una venta especial de su última colección de otoño/invierno, THE HOLY, en Madrid y con descuentos increíbles de hasta el 70%. De paso, nos invitan a un vinito ya que el evento se realiza en el Señorita Malauva de Chueca. ¿Nos vemos allí?

Si queréis ver lo que podéis encontrar, os dejo su web y este vídeo de un desfile de la colección en la Valencia Fashion Week. La colección es preciosa y yo ya le tengo echado el ojo a un par de cositas…

Musical Friday de los de Alerta Temazo: “Misery Company” de Kaiser Chiefs

Y cuando ya estaba asqueada de tanto escuchar a tarados (es verdad que esto ya parece el Lefties) justificando sus comportamientos cobardes, infantiles y claramente irrespetuosos con una supuesta inadaptabilidad (es muy mainstream ya eso de ir de guay…), que no es más que la misma alienación que padecemos todos los demás, con la diferencia de que los adultos tratamos de sobrellevarla sin vomitar sobre el resto de la humanidad nuestra inmundicia, llegan  Kaiser Chiefs y me abofetean en la cara su “Misery Company” y me embrujan (yo es que para eso soy como la Piquer) para comprar entradas de su concierto el próximo 14 de febrero en la Sala Arena donde presentarán su nuevo disco “Education, education, education & War”.

En el fondo es bonito tener plan para San Valentín con tanta antelación…

Musical Friday: “No. 1 Party Anthem” (Arctic Monkeys)

Pues por fin ha llegado el día: concierto de Arctic Monkeys y el mejor disco que he escuchado en mucho tiempo, como ya os dije es un su momento (que conste que también avisé del concierto!). Lo más sofisticado de Franz Ferdinand, con los toques más sexies de los Black Keys con una pizca de la falsa frivolidad de Lou Reed y todo ello con los todavía perdurables destellos de su rabia adolescente… I totally love it!

Venga, os veo esta noche en el Palacio.

(Strictly) Musical Friday: “Crying” (Roy Orbison)

Una cosa que hacemos los yonquis de la música (ayer mi dealer de reproducción legal me falló un par de horas y estuve a punto de hacer acopio de discografías como si fueran garbanzos en época de guerra), y de manera inevitable los que tratamos de reproducir canciones con instrumentos (yo es que a lo mío no lo puedo llamar tocar…), es ser muy conscientes de la estructura de los temas. Y de eso va la vaina de hoy.

Leer más de esta entrada