Otro “momento Bridget Jones” patrocinado por Monidala Ree D. Cool: Ahora con más vergüenza ajena!!

Queridísimos amigos y desconocidos de Internet:

Hoy la desgracia ha cernido sus alas negras sobre mí y he padecido en mis carnes uno de los horrores más temidos por cualquier mujer que se precie de serlo. No, no se trata de que no haya sido capaz de encontrar un bolso que hiciera juego con mi último y definitivo par de sandalias, así que hacedme el favor, que el asunto es serio.

Volviendo del baño, una compañera (en adelante, Mi Salvadora) me ha alertado de que me estaba paseando por todita la oficina con mi elegante y vaporosa falda veraniega levantada y enganchada con la ropa interior y por lo tanto, luciendo con garbo una de las partes de mi anatomía que sólo podemos calificar como “íntima”, uséase, el cu-cu.

A culo libre

El primer pensamiento que me ha venido a la mente has sido para rememorar ese momento mañanero frente al cajón de la lencería y para maldecir mi suerte por no haber escogido una prenda con más tela.

El segundo pensamiento se ha concentrado en el control de daños: Dos factores me ha salvado milagrosamente del escarnio público: uno, que tengo un culito muy mono. Las cosas como son, si se tenía que ver algo, que fuera eso… Aunque ni que decir tiene que ya no podré seguir yendo por la vida fingiendo que no tengo celulitis…

Dos, que mis compañeros estaban todos tan concentrados en su trabajo y tan ajenos a mi impúdica demostración que creo que nadie me ha visto además de Mi Salvadora. No obstante, por la extraña sonrisa que me ha dedicado el tío de finanzas cuando me ha dado la nómina, sospecho que ha debido de disfrutar de una buena panorámica de mi cacha derecha. Hubiera sido de esperar el haber encontrado un pequeño extra en el salario mensual a modo de propina, pero no ha sido así. Otra vez será.

Os preguntaréis por qué os cuento esto, cuando el sentido común dicta que en situaciones de esta índole lo mejor es callarse cual meretriz y hacer como que no ha ocurrido (se dice que por menos de esto las Geishas se hacen el harakiri…). Si después de más de un año de blog y con lo que os he narrado hoy todavía no sabéis que soy una exhibicionista emocional (y de las otras) pues es que no me conocéis en absoluto.

Además, qué coño, que así nos reímos todos!

Monidala In The Air

No os dejéis engañar por esta imagen de mujer cosmopolita, sofisticada y segura de sí misma con mucho mundo a sus espaldas (“sobre todo interior…” “¡Perra!” “Pues anda que tú…”) , ni por la grandilocuencia de un cargo que evoca grandes responsabilidades y eficiencia multinacional (“o pomposidad judeo-masónica, no te jode esta…” “¡O te callas o se acaba el post!” “Vale, vale…”). En el fondo sigo siendo esa chica de barrio pánfila y cursilona.

Esto, que he sabido siempre, se me hace más patente en cada uno de mis viajes, de los que parece que no aprendo nada y a los que me enfrento más virgen que Brienne de Tarth pero sin su habilidad con la espada (aunque ya me gustaría a mí ver a la moza pasando por el detector de metales con el acero valyrio…). Y es que tampoco importa que seas un físico nuclear de la NASA, la mayoría de los mortales nos aturullamos en el control de pasaportes mientras nos abren una maleta llena de intimidades y no fríen a preguntas cuando nos sentimos tremendamente vulnerables por estar descalzos. Que uno pasa por debajo del arco como si fuera a hacer el examen oral de unas oposiciones a notarías…

Y el caso es que yo siempre empiezo mis viajes creyéndome Vera Farmiga en “Up in the Air” pero en seguida me convierto en la Lina Morgan de “La tonta del bote”. Esta vez estreno maleta y llevo mi flamante portátil corporativo en mi funda personal porque a nadie de la oficina se le ha ocurrido que necesito algo donde ponerlo. Podría llevarlo bajo el brazo, pero entonces me entrarían ganas de pegarle unas fotos de Edward Cullen y no es plan. Cuando me miro resulta que llevo la siguiente equipación, digna de la mismísima Reese Whiterspoon, y todo ello sin “sonrosarme”:

Mami que será lo que tiene el rosa
Imaginaos esto remolcado por mi impresionante envergadura (ups!) de metro y medio y rodeada de Hombres de Negro…

Pero en cuanto el taxista para en la terminal, empezamos a flirtear con el desastre: no encuentro la tarjeta de embarque que tan diligentemente había impreso el día antes (que para eso soy agente de viajes). Resulta que me la he dejado en casa, así que el corazón empieza a bombear sangre violentamente y comienza el proceso de hiperventilación. Calma: puedo solicitar otra. Problema: que ahora tengo el tiempo justo para facturar. Y, como no podía ser de otra forma, en los mostradores de mi compañía hay una cola enorme de lo que en ese momento me resultan las personas más odiosas del planeta.

Después de lo que me parece una eternidad pero en posesión de mi segunda tarjeta de embarque, encuentro otra cola enorme (ups! ;p) en el control, aunque consigo pasarlo sin incidencias y con la dignidad intacta y los zapatos puestos. Llego derrapando en las curvas a la puerta asignada para descubrir, con todo mi estrés, que no han comenzado. El alivio se mezcla con la frustración cuando, al ponerme en la tercera fila del día, me indican que mi lindo y rosado trolley en el que llevo básicamente el ordenador y mi bolso porque en teoría sólo podía llevar una pieza de equipaje de mano (todo por no pagar la cuota de facturación de equipaje, claro…), tiene que ir en bodega porque el vuelo está lleno y no cabrá en los departamentos superiores. Tengo un momento de duda en el que me debato entre cagarme en todo lo que se menea o pasar y me decido por esto último, que son las siete de la mañana y no tengo el cuerpo para gaitas. Pero estaría gracioso que me perdieran/robaran el equipo nuevo, después de llevar un mes esperándolo y trabajando mientras tanto con un ordenador tan rápido como la momia de Lenin.

Después de un vuelo sorprendentemente sin incidencias, llego por fin a mi destino, una de las capitales europeas más hermosas: Lisboa. En esta ocasión he acertado con el calzado (la última vez los tacones casi se convierten en un arma mortífera en su peligrosa combinación con los deslizantes e irregulares adoquines lusos y las empinadas cuestas del trazado de la ciudad), pero he cometido el fatal error de confiarme con el clima veraniego y no llevar una chaqueta: hace una brisita muy fresca que no es ni medio normal para el mes de julio.

Mis lindos pies
Menos mal que me he puesto las Adidas Khaleesi…

Al finalizar un duro día de reuniones y sobredosis de inglés, he decidido aventurarme por la ciudad de Pesoa, no sin antes aprovechar las rebajas para hacerme con una rebequita de lo más práctica. Como no llevo encima la navaja suiza, me limito a cortar el cartón pero llevo colgando el cordón de la etiqueta para ponerle el toque cutre salchichero que no puede faltar en todo lo que hago.

El metro de Lisboa se parece más al de Frankfurt (hablando de salchichero…) que al de Madrid: es muy chulo, pero el pudor me impide hacerle fotos tan lleno como está de gente en plena hora punta. Me bajo en Baixa-Chiado y empiezo a deambular por las calles sin rumbo fijo (vamos, que me falta la mochila para parecer Labordeta, pobre mío…). Me adentro en el Barrio Alto, de lo más castizo él con sus edificios antiguos con un gran encanto y que parece estar habitado por la “alternatividad” lugareña a juzgar por las veces que me apetecería exclamar: ¡Mira, una moderna!

Al cabo de un buen rato me doy cuenta de que no tengo ni pajolera idea de dónde me encuentro ni de cómo volver y de que las calles no parecen tener un sentido lógico por lo que me da la sensación de que es la ciudad la que me está llevando donde ella quiere y esa aleatoriedad me empieza a dar un poco de miedo, sobre todo cuando me percato de que está anocheciendo y de que, tras bajar dos millones de escaleras llego a una plaza en la que no veo más que mendigos borrachos. “Estupendo”, pienso, “voy a morir aquí por hacerme la aventurera urbana. Me cago en el Coronel Tapioca”. Pero no, nadie me molesta y acabo desembocando en la Avenida da Liberade donde encuentro un sitio muy típico para cenar.

Lisboa
Lisboa: una ciudad tan fotogénica que hasta yo le hago fotos medio resultonas.

A la salida del restaurante, la brisita fresca se ha convertido en un viento gélido y huracanado así que decido parar un taxi a cuyo conductor saludo con un “qué frío hace” que me sale del alma. Una cosa lleva a la otra y acabamos teniendo una conversación de lo más científica sobre el cambio climático y el futuro apocalíptico en perfecto portuñol (vamos, él en perfecto portugués y yo en perfecto español).
Al llegar al hotel y antes de dormirme, me doy un rulo por el Twitter donde un amigo y uno de mis gurús de las telecomunicaciones (al que me siento de lo más “obrigada”) me advierte de que si me estoy conectando con 3G me van a dar un palo de los gordos. Me entra un sudor frío cuando caigo en la cuenta de que durante todo el día no me ha funcionado la conexión wifi (pero no os perdáis que tampoco en el portátil y he ido cargando con él a Portugal para nada como si hubiera hecho una promesa…) y de que me he estado conectando a Internet con el móvil como si no hubiera un mañana!!

Señorita...
“Señorita, páseme con Google ¡CON GOO-GLE!”

Sí, amigos, soy una discapacitada tecnológica y el estado debería darme una pensión. O a lo mejor soy simplemente una cateta a babor… Pero soy una cateta con suerte. Aunque he dormido fatal y he tenido pesadillas con el tema toda la noche, por la mañana me han informado de que tengo una tarifa plana para esos casos en el extranjero así que la cosa no ha pasado a mayores. Uf, qué descanso (y eso que todavía estoy con el jet lag de una hora este…) ;p

Monidala Jones en el Templo Sudadito: El regreso

Supongo que ya sabréis que por mucho pulgar opositor, mucho uso de herramientas, mucho lenguaje y mucho sistema binario que nos hayamos montado no dejamos de ser animalillos, por momentos, asilvestraos. Eso se nota bastante en lo que tiene que ver con la reproducción y el apareamiento (que hay cada bestia suelto, que…), pero sobre todo en los momentos de peligro en los que las respuestas de ataque o huida originados por la parte primitiva de nuestros cerebros nos juega, a veces, malas pasadas (a mí no tanto porque formo parte de esa parte de la población que ya ha subido un peldaño más en la escala evolutiva: soy madre y las madres ya se sabe que son seres superiores…).

Cuando nuestro cuerpo se enfrenta a esas situaciones de peligro genera un montón de adrenalina, una hormona que prepara nuestro organismo para la acción, ya sea esta una pelea o una carrera (aumenta la concentración de glucosa en sangre, la tensión arterial y el ritmo cardiaco, dilata las pupilas, aumenta la respiración y estimula el cerebro) . A día de hoy no es fácil que os tengáis que enfrentar con un depredador, pero para nuestro cuerpo la fecha de entrega de un proyecto o una discusión con otro conductor o con el jefe pueden ser entendidas de la misma forma, y por tanto segregando este vasoactivo que, si no se quema, se acumula en el organismo provocando el estrés, que es cosa muy mala que nos impide ser felices y disfrutar de la vida como debe ser.

Evolución Homer

La evolución: nadie dijo que fuera “a mejor”…

Para deshacernos del estrés, no hay nada mejor que el ejercicio físico, así que después de un día malo malo malo en la oficina (el Excel es una herramienta acojonante pero ¿cuándo van a inventar implantes de memoria con sus fórmulas? Si “Steve Jobs ha podido crear el iPhone, y por lo tanto si no se queda embarazado es porque no quiere” (Nacho Canut dixit), ¿cómo es que no existen ya unas píldoras que te las tomas y de pronto hablas chino? La ciencia no está enfocada en lo importante, creo yo…) he decidido volver al gimnasio porque entre pitos y flautas llevaba casi un mes sin pisarlo. ¡Qué gustazo! Ya no me acordaba de lo bien que me encuentro yo en ese sitio (a pesar de lo malos que fueron mis comienzos).

No os voy a hablar hoy de las disciplinas aeróbicas, que son mis favoritas. Sin paños calientes: soy la reina del Aeróbic, del Step y la Batuka, es lo que hay. No es sólo que el hecho de decir que tengo ritmo es un denigrante eufemismo, o que sea capaz de coger con facilidad los pasos y recordarlos (vale, los años de ballet clásico y español de los cojones ayudan…), es que tengo un estilazo que te mueres. Podría tirar de falsa modestia, pero sinceramente creo que cuando alguien es bueno en algo es una estupidez negarlo.

Tampoco os hablaré de los entrenamientos más musculares como el GAP, el mejoramiento físico o el Body Pump, que son muy efectivos pero que se podrían considerar torturas en toda regla y que no sé como los de la Convención de Ginebra no han tomado ya cartas en el asunto…

Homer y la cerveza

A ver si lo estoy haciendo mal…

Hoy os voy a hablar de ese sucedáneo del ciclismo que es el Spinning. Se trata de dar pedales en unas bicicletas estáticas siguiendo el ritmo de la música. Para meteros en esta secta necesitareis al menos la siguiente equipación: un culote (que para distinguirlo de un culo de proporciones bíblicas lo solemos llamar en francés, aunque no tengamos ni puta idea de francés: culotte). Vamos, un pantalón de ciclista, que es una cosa que a priori parece de lo más ridícula, pero luego cuando te lo pones flipas del cuerpo que hacen (por lo menos a mí) y yo estuve a punto de ponérmelos en mi última salida nocturna porque pensé que combinados con unos buenos tacones podrían triunfar, hasta que me di la vuelta en el espejo y me di cuenta de lo mal que queda el mondongo ese extraño que tiene en la entrepierna y que te hace el mismo trasero que a un babuino. Lo que pasa es que el refuerzo ese es bueno para evitar el dolor de cu-cu que provoca el sillín al principio (y lo que no es el cu-cu, nena, que yo me sentí un poco mancillada…).

También son recomendables unas zapatillas de ciclismo porque sino te haces polvo los pies y “tu pedalada” (nunca pensé que diría esto) acaba como un churro. A mí me encantan mis zapatillas de Spinning porque ponértelas y sentirte Indurain es todo uno (que parece que van a aparecer dos macizas con sendos ramos de flores a acurrucarse bajo tus sobaqueras). Enganchar las calas en los pedales ya es más complicado, y sé que si tuviera que hacer eso en una bici de verdad en movimiento ya me habría matado treinta veces, pero molan.

Lo más curioso de la clase de Spinning son los monitores. Yo ya he tenido tres y cada uno tiene su estilo: está el buenorro con sus micrófono a lo Madonna y que se trae un portátil a la clase, Dios sabrá para qué, al que yo llamo la Ciber Águila de Toledo y que se monta la sesión como si fuera real y te cuenta hasta lo que vas viendo en las cunetas y al llegar al final se flipa y te pone sonido de aplausos y ovaciones…; está el más easy going que te da pocas indicaciones y te deja disfrutar de la música, aunque se pone un poco pesao con el tema de las pulsaciones (pero tío, ¿es que no sabes que yo no tengo corazón, que me lo dejé en la pista de baile?); y por último tenemos al show man que se tira toda la clase haciendo gracias y exigiendo la participación de la audiencia: me he reído, pero he acabado hasta los huevos de tener que sonreír todo el rato por pelotas a pesar de lo mucho que me ardían los muslos. Lo que tienen todos en común es que a partir de la segunda sesión se me acercan y me preguntan: ¿eres la hija de Harvey? (Es que Harvey es un ciclista de pro y además, asiduo de ese gimnasio. Que al principio notaba que me miraban los tíos y se sonreían entre ellos y yo toda rayada que no sabía si había ligao o se me había roto el culotte, hasta que le leí los labios a uno y decía: ¡Cómo se parece!).

Homer en monociclo

El culote que os comentaba.

Luego están los compañeros. Imposible no fijarse porque hay espejos, no porque yo sea una mirona sin escrúpulos. Es curioso que hay varios estilos definidos: por un lado están los que al pedalear efectúan un acompasado balanceo con todo el cuerpo acompañado de un ligero cabeceo al lado contrario (tipo ave gallinácea) que resulta de lo más chulesco (ojo, porque al principio les ves y te partes el culotte, pero como no tengas cuidado se te acaba pegando y acaba toda la clase igual, así, en plan Fragel Rock); luego están las que brincan un montón (es que suelen ser chicas) sobre la bici. De hecho brincan tanto que me recuerdan a Sharon Stone a punto de sacar un picahielos….; y por último están los que casi no se mueven. Yo intento imitar este último estilo porque Harvey me dijo que así debe ser.

El Spinning es duro, pero luego llega la doble recompensa: en primer lugar ese punto en el que las endorfinas se empiezan a adueñar de tu cerebro y una placidez pasmosa asoma a tu cara en forma de estúpida sonrisa. Después, el momento ducha. Que digo yo una cosa, la gente ¿se cuece o se enriquece? Porque alucino con la temperatura a la que pone la gente el agua… Y una vez limpita, un poco de crema hidratante y salgo de allí fresquita y más suave que una malva. Os lo recomiendo plenamente. Vuestra salud mental y vuestro trasero os lo agradecerán.

Monidala Jones y el Templo Sudadito

GIMNASIO (1)

No pensaba yo escribir una entrada hoy, pero es que he vuelto a vivir uno de esos momentos Bridget Jones que tanto me caracterizan y claro, lo tenía que compartir. Me lo podría callar, pero es que entonces sólo me reiría yo, y además que esto que yo llamo “Maketing Inverso” es muy útil para ahorrarse admiradores de esos pesaos que te regalan diamantes auténticos y te ponen pisos en la Castellana, puagh, qué ascazo, oye…

Como cada mañana, he ido a dejar a la peque en el cole y después iba con mucha prisa hacia el gimnasio porque sabía que había una clase de Mejoramiento Físico pero no estaba muy segura de a qué hora era. ¿No os habéis fijado en que cuanto más prisa tengáis más veces tendréis que parar en cedas y pasos de cebra? Yo hoy he tenido que parar en absolutamente todos los pasos de peatones desde el cole a mi casa y desde mi casa al gym. Os juro que me he sentido como en “El Show de Truman” y me he imaginado a un maquiavélico realizador diciendo: “Anciano Decrépito Con Un Píe En La Tumba preparado para cruzar en… tres, dos, uno y… ¡ahora! Despacio, despacio, sin prisa”. Y yo lo único que podía pensar es: “Por Dios, que no se muera el viejo en mitad del paso de cebra, porque entre que viene el forense y levantan el cadáver… entonces sí que no llego a la clase!”

Total, que me ha dado tiempo a llegar justito porque al salir del vestuario la clase acababa de empezar, así que he entrado con el consiguiente corte de ser “la nueva que además llega tarde”, me disculpo, me busco un hueco, me coloco y, cuando miro a mi alrededor, me doy cuenta de que todos los demás son mujeres de sesenta años para arriba. “Bueno, digo yo que estas señoras también querrán mejorar…” Se ve que me he perdido en esta Disneylandia del Sudor y me he confundido de clase, pero como soy medio tío y me da vergüenza preguntar, me he comido enterita la clase de las yayas, que por cierto luego me he enterado que se llamaba “La Edad de Oro” ¿no es lo más surrealista y buñueliano que habéis oído?

Jo, me ha recordado a aquella vez en un resort de Puerto Rico que me apunté a una clase de Aquagym porque el profesor estaba más macizo que los leones de Las Cortes y acabé teniendo que darle un masaje en los hombros a la señora más gorda que he visto en mi vida. Toma, eso por rijosa…

La cara del monitor al verme salir de esa clase era un poema (yo he pensado: “Ya me conocerás, que estas cosas me pasan a mí últimamente muy a menudo…”) , pero vamos, que os diré que las abuelas, ahí donde las veis, están de un en forma que asustan, y ha habido un par de momentos que he estado a puntito de rilarme. No quiero ni pensar qué va a ser de mí mañana en una cosa que se llama GAP, que sólo espero que no sea Gilipollas A Porrillo, que yo hoy ya he dado la nota bastante…

gimnasio

Después me han pasado a la Zona Torquemada y me han sentado en distintos aparatos de tortura con diferentes niveles e intensidades de dolor. Uno de ellos no lo entendía y he pensado que me iban a poner a planchar (horror! prefiero la muerte!), pero no. Resulta que había que ponerse mirando a Cuenca y en posición de “Va a ser Ud. sodomizado. Relájese y disfrute”. La verdad es que me ha costado mantener la dignidad en una sala con espejos por todas partes y aguantar el tipo para hacer los ejercicios sin poner mi cara de sexo… Por suerte una de las primeras cosas que he comprobado es que allí no conocía ni a Dios. Uf, menudo alivio, que no habría nada peor que encontrarse allí a algún ex o similar…

Y para terminar, me han subido en la Cinta Transportadora Humana y me han puesto a andar como si llegara tarde a misa. En un momento dado, he visto de refilón una cosa que temblaba como si fuera gelatina Royal y me he querido dar la vuelta para comprobar si aquello era mi culo (que lo era, por cierto), pero entonces he pisado fuera de la cinta, me he desestabilizado y todo mi cuerpo se ha precipitado hacia delante… Menos mal que en el último momento mis reflejos de Kunoichi me han permitido agarrarme y no me he llegado a caer; pero ha sido demasiado tarde, he tenido que escuchar las risitas mordaces de un par de cachas de esos que la tienen pequeña. Qué asquerosos. Ya me gustaría verlos a ellos haciendo… no sé, algo que yo haga bien y ellos no. HIjosdeputa!

Aunque por otra parte se me ha ocurrido pensar que debo de ser diurética, porque todo el mundo se mea conmigo… ;p